Un madrileño en Carboneras (epilogo final)
Cuando uno se incorpora a lo cotidiano, a veces uno se mete tan de lleno que no siempre es posible dedicarle un momento al recuerdo. Ahora lejano queda aquellos momentos que en aquellas extrañas circunstancias, pero no por ello alguna de ellas llenas de ironía, humor, o sátira, me vienen a la memoria de mis vacaciones, como fotogramas de mi álbum personal.
Recuerdo aquel día que tomando unas tapas en un bar cercano al Ayuntamiento, pedí una ración de cayos, y la camarera, entre la ironía y un punto de mala leche, me mandaba a dormir, tras devorar aquel suculento manjar. Fue algo cruel. Y eso que la muchacha era un encanto, pero llevaba veneno en la lengua.
Recuerdo mis intentos de ligar en el cortijo. Desastrosos. Ligando me he convertido en el rey del desastre. Vamos, Woody Allen a mi lado es Cassanova; lo que me vino a demostrar que aquel toque que tenía sigue perdido. Tendré que bajar lo más pronto posible al fondo del mar a buscarlo, y quizás lo encuentre en el “Motor”. Seguro. Cuando lo intenté con una tal Gema, se echó encima una legión de amigas cual banco de peces, porque ya la tenían candidato preparado para ella. Me pregunto si es que tengo gamusinos en la cara.
Si me he de quedar con algo, es con Soraya, la chica del supermercado de al lado del apartamento a donde iba a comprar el pan, en una escena muy similar a la de “La Princesa Prometida”. El último día, caminando a solas por el paseo marítimo la encontré allí. Estuvimos los dos mirando al mar como dos náufragos. No hubo nada, así que quitaros pájaros y elucubraciones de la cabeza. Palabra. Lo que hubo en esas tres horas me lo guardo para mi, pero sin duda, es el mejor recuerdo que me pude llevar de Carboneras.
Y por hablar y decir que no quede. Marga. Sus constantes llamadas al mi móvil que se cortaban súbitamente. A “Timofónica Movistafa” ya me encargué a la vuelta de ponerla a escuadra.
Recuerdo la cena que tuvimos al acabar el curso de buceo. Creo que fue de lo mejor.
Y por supuesto… lo mejor. Mi primera inmersión como OWD. Pude disfrutar del buceo como nunca. Aunque fue una inmersión a no mucha profundidad (de hecho así se acordó), fue el momento en el que pude disfrutar con creces y de verdad. Tuve no obstante problemas de “ubicación”, pero el consumo de aire si pude, por primera vez, regularlo correctamente.
Es posible que me deje algo en el tintero. Pero estos son los momentos quizá, después de hacer una selección de los mismos, los que más destacan en mi memoria.
Y al regresar a la realidad, mis subvenir de aquellas vacaciones fueron: un título de buceo, un chasco con Marga, no comerme ni un miserable colín en cuanto a ligues de verano, una buena dosis de relax, la cartera vacía y la imperiosa necesidad de comprarme un equipo de buceo propio.
La pena es que las cosas buenas, y los buenos momentos se esfuman como la lluvia al caer. La vorágine de Madrid, nada más descender del autobús, ya me habia vuelto a devorar sin remisión de continuidad. Así hasta el año que viene. El único consuelo es como dice el dicho, no hay mal que cien años dure.
Lo que si tengo claro, es que desde entonces ya no era el mismo. Algo había cambiado en mi interior, pero sin perder una identidad que por suerte, aun sigo conservando. Se pueden cambiar las formas y algunos hábitos, pero no la esencia. Y la esencia lo único que habia hecho era como los buenos vinos, transformarse en algo mejor. Muchas cosas habian cambiado. Mi idea del biceo por ejemplo. ¿Qué he ganado con ello? Pues quizá integrarme más y por supuesto… la proxima vez que me encuentre con Ana; dios mediante, podré contestarla debidamente qué es lo que hago en una reunión de buceadores: estar con mis amigos que por suerte tambien lo son.


