Zapatillazos y pataletas
Cuando hablaba de la actitud vociferante, quiero recordar, que dos personas que tuvieron la mala fortuna compartir foto con un ministro fueron puestos en la picota, interrogados en comisaría y agitados como un monigote por el periódico del Gobierno al grito de “¡vuelve el fascismo!” Los desdichados no habían hecho nada, nada malo se entiende. Esa tarde se habían acercado hasta la Puerta del Sol para asistir a una concentración en contra de la negociación con ETA. Una vez allí todo se desmadró, apareció el ministro acompañado de un aparatoso cortejo de cámaras y guardaespaldas, el fotógrafo compuso la instantánea con los dos jubilados, disparó y se armó el pastel. Todo por una foto. Ahora sabemos la verdad, nadie agredió a nadie, pero estas personas hubieron de padecer con la resignación de un monje cartujo el chaparrón mediático que se sucedió. El País ya tenía su portada, la Ser su entradilla cada media hora, el ministro su segundo de gloria, los disidentes su escarmiento y los españoles una edificante lección de las cosas que pasan cuando más de cinco personas, votantes del PP para más escarnio, se juntan en la calle sin autorización administrativa y en actitud vociferante.
Esta historia no debería olvidarse. Sirve como referente, como momento inaugural de los zapatillazos autoritarios que han venido después y que vendrán mientras el del talante y su comparsa de paniaguados cursis sigan en la poltrona. Viene de perlas, por ejemplo, para engarzarla con la multa que les ha caído a los que, con un punto de razón, abuchearon a la vicepresidenta “de la Vogue” en Guadalajara. Llevaban aquellos vecinos, el día entero luchando contra el fuego como humanamente podían, al final tuvieron que abandonar su pueblo y, de remate, se habían enterado de la muerte de once vecinos de la comarca que participaban en las tareas de extinción, en aquel incendio de agosto que devastó todo el ecosistema de la comarca. Es lógico que abucheasen al primer político que asomara la cabeza por allí, por lo que daba igual quién hubiera ido y más, cuando ni el Gobierno ni la Junta de Castilla La Mancha, daban señales de vida.
A pesar de que algunos medios -muy pocos- se hicieron eco de la censura y reprobación popular a de la Vega, y otros –los más- prefrieron ocultársela a su audiencia, lo cierto es que la cosa no pasó a mayores. Aunque en apariencia ya parecían un hecho más caído en el baúl del olvido, ya que, como dice el dicho, el muerto va al hoyo y el vivo al bollo, nos lo ha recordado el propio Gobierno, cuya estupidez supera con creces la cursi prepotencia con la que se empeña en hacer valer su autoridad, eliminando un derecho que todo ciudadano tiene: el derecho a la pataleta.
Lamentablemente, quien se dice tener talante, diálogo y comprensión, no predica con el ejemplo, si no que replica con el mazo; olvidándose de que todo ciudadano tiene derecho a patalear y de, al menos, poner una queja en el libro de reclamaciones -aunque su destino final sea la papelera de reciclaje del Windows-. El Gobierno que padecemos no tiene otro modo de hacer las cosas; papel mojado para los amigos, la ley del desierto para los enemigos. Los que se manifiestan terminan en comisaría por actitudes vociferantes y los que abuchean a un ministro, aun asistiéndoles la razón y el derecho, pagan multa. Son déspotas de guante cursi que en un mismo juego de manos embaucan al espectador y le propinan una colleja cuando descubre el truco. Si ya ni siquiera nos permiten el sacrosanto derecho de la pataleta, vayámonos preparando. Para este Gobierno, todo ciudadano que protesta es, por de pronto, un intolerable “fascista” en potencia que ha de ser indefectiblemente multado en el mejor de los casos y detenido (lo más probable) por “actitud vociferante”.


