Cuando me entero por la prensa que el Papa Benedicto XVI (o mejor dicho RazinggerZ) lanza sus puños al compás del fuego de pecho contra las camapañas publicitarias de navidad, denunciando que dicha festividad católica se ha convertido en un “Burdel comercial” (Santo Padre dixit), en cierto modo le tengo que dar la razón, mal me pese.
En cierta forma hemos transformado la Navidad a modo de como en América el “día de acción de gracias” -thanksgiving day- donde nos reunimos con la Familia de verdad y con la Familia politicamente circunstancial que tienes que soportar aunque te caiga como el culo; sí, esa que solo pone la mota en ojo ajeno pero no en sus miserias, y uno, con cara de póker, debe de tragar sus reproches y reprimendas y calla sus miserias y verguenzas porque de hacerlo, uno se convierte en aquello que denuncias: su caciquismo cotilleril.
Lo que odio de la Navidad, es el lamentable espectáculo que la han convertido las televisiones y los centros comerciales. Por un lado, por las noches te invaden de fragancias y prefumes que te hace o mas guapo (aunque la mona se vista de seda…), o te sugiere convertite en ese Jack’s que una tia rubia despanpanante y con una delantera más potenete que la del barça, busca deseperadamente. A muchos yo se, que no les importaría convertirse. A mi me importa. Yo siempre he dicho que soy lo que soy… y mi esencia, mi alma no se vende por la visión de un cuerpo femenino, diseñado po run publicista que solo busca; los dineros de mi cartera. Y de los jueguetes .. ni hablemos
Por otro lado… los centros comerciales. ¡Como odio los villancicos! te los ponen por le hilo musical del establecimiento una y otra vez. Y tu deseperado, tratando de concentrarte en encontrar el modelito adecuado para el día de nochevieja, o ese regalo que quieres que a un ser querido le llene de cierta “ilusión”, el jodido “tambolirelo” y el pueril “arre borriquito arre” se te repiten en los pabellones auditivos, hasta reventarte la sesera. Total; que compras más de lo que pensabas solo por largarte de dicho local a toda pastilla, antes de que tengan que sacarte con una camisa de fureza. En cierta forma no deja de ser una forma de tortura psicológica desmoralizante para el consumidor.
Y por supuesto, ya está aquí el calvo de la lotería, la parejita de famosos cubiertos de burbujas, el chavalote que vuelve a casa por Navidad, las muñecas que caminan como zombis hacia el portal de Belén… Y toda una serie de anuncios sobre productos tan necesarios como los turrones, los perfumes, los bombones… En Navidad hay mucha publicidad de una calidad deleznable: los anunciantes saben que en estas fechas tan señaladas, por la paga extra, basta con disparar al corazón del telespectador. Los que comercian con la Navidad son conscientes de que las defensas emocionales del personal están bajo mínimos, y es ahí donde apuntan.
Y dicen que la Navidad es el mejor regalo… ¡pues será para algunos! Para mi es una tortura que cada año me martiriza más y más. No me extraña que a muchos Enero se les haga cuesta arriba. Pues este año, este señor que escribe no se apunta al chorreo, que ya está bien. Ya he soportado bastante.
No me extraña nada, que como mi buen admirado Mariano José de Larra, terminara muy extresado de la cena navideña: los niños chillando, la camisa manchada y de muy mal humor. Para reunirse con la familia, jugar con los críos y ser buena gente no hace falta que nos marquen ninguna fecha en el calendario, eso se puede y debería hacer todo el año, y sin golpe de tarjeta de crédito y, por supuesto, que la familia no transforme esa reunión en un plató de “Aqui hay Tomate”.